A veces nos daba por huir al monte, a refugiaros en cuevas o precarias tiendas con goteras.
Buscábamos la comunión con la Madre Naturaleza, el encuentro con nuestra propia identidad.
En lo más profundo de las grutas llevábamos a cabo ritos primigenios, relacionados con el mágico mundo del más allá, emulando a nuestros ancestros cuando pintaron las paredes de Altamira.




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